Entre más “aguante” más alcohol se consume

La resistencia al alcohol es un factor de riesgo de alcoholismo, una adicción que, de acuerdo con investigaciones, en 60% de los casos tiene un origen genético y en un 40% es adquirido. No se puede modificar el ADN pero sí el vínculo entre pares y la expectativa puesta en la bebida.

La baja respuesta del organismo frente a un alto nivel de alcohol en sangre, conocida popularmente como “resistencia” o “aguante”, es considerada un factor de riesgo de alcoholismo, principalmente entre adolescentes.

Saben que su cuerpo tolera más que el de otros, sienten seguridad como para tomar más y, cuando aparece el estrés, tienen en el alcohol un medio para sobrellevarlo.

No significa que se vuelvan alcohólicos, pero es un riesgo. “La pregunta es ¿por qué algunos jóvenes toman muchísimo y otros no toman tanto?”, dijo Marc Schuckit, profesor de psiquiatría de la Universidad de California.

“La resistencia es genética en una proporción cercana al 60%. El alcoholismo también es heredado en un 60%. Entonces, ¿cómo se vincula esa carga genética con la cultura y el ambiente?”, se preguntó Schuckit en diálogo con El País.

Para responder estas preguntas, el científico trabajó junto a colegas de la Universidad de Bristol en Reino Unido y la Universidad de Illinois, Estados Unidos, y estudió a mil 905 adolescentes ingleses. Como resultado, identificaron tres factores que, de la mano de la resistencia, aumentan el riesgo de alcoholismo: el consumo con pares, la expectativa puesta en la bebida y recurrir al alcohol para sobrellevar dificultades.

Factores que hasta ahora se habían vinculado con la adicción a la bebida, pero no con la resistencia a ella. La investigación será publicada en la edición de octubre de la revista “Alcoholismo, Investigación clínica y experimental” y se encuentra disponible en línea en Early View.

Según Schuckit, el vínculo entre una gran resistencia frente al alcohol y un consumo desmedido, es un proceso que pasa por diferentes etapas.

El investigador resumió el proceso en cinco pasos. Primero, el adolescente busca consumir una determinada cantidad para alcanzar un efecto en su cuerpo, por ejemplo cuando sale con sus amigos. Segundo, toma cada vez más para alcanzar las sensaciones que sintió. Tercero, se vincula con pares que toman tanto como él, y se estimulan mutuamente a seguir aumentando su nivel de consumo. Cuarto, su resistencia y la relación con sus pares vuelve a aumentar su expectativa sobre lo que deberían sentir al tomar. “Y quinto, su resistencia, la influencia de otros y el aumento en las expectativas, lo conducen a utilizar el alcohol para evadir problemas”.

Es una cadena de sucesos que conduce a tomar cada vez más, y aumentar el riesgo de adicción, ilustró el científico. La relación entre estos factores nunca había sido confirmada por una muestra tan numerosa, dijo Schuckit.

Los datos fueron tomados del Estudio Longitudinal Avon sobre Padres e Hijos (Alspac por su sigla en inglés), una investigación que comenzó en 1991 y realizó un seguimiento a hijos de 14 mil 541 mujeres embarazadas en Avon, Inglaterra.

Los estudios se basaron en cuestionarios estandarizados que midieron la percepción de los adolescentes sobre su propio consumo y el de sus pares. También incluyeron preguntas que asociaban los factores.

PREVENCIÓN

La apuesta de los científicos es buscar medios que permitan detectar hábitos peligrosos en forma temprana para así poder interrumpir el proceso que va desde la predisposición genética a la instalación de la conducta adictiva.

“Cuando uno sabe cómo actúa un factor de riesgo para provocar un efecto, puede buscar formas para cambiar los pasos intermedios”, dijo Schuckit.

Tras ese objetivo, los técnicos dieron charlas a un grupo de preuniversitarios sobre los resultados de sus investigaciones y los riesgos de alcoholismo asociados a dejarse llevar para tomar más.

“Les hablamos sobre las expectativas desmedidas, sobre cómo reconocer el estrés, y sobre formas más saludables para sobrellevarlo”, contó el técnico. Durante los dos meses siguientes, muchos de los adolescentes disminuyeron su consumo. “El impacto mayor fue entre quienes tenían mucha resistencia”, comentó el científico.

“Fue un estudio piloto -entre menos de 100 personas- pero prueba que es real que se puede enseñar a los adolescentes sobre el peligro del alcohol”. Planean repetirlo a gran escala.

EL ESTRÉS

En cuanto al vínculo del alcohol con el estrés, una investigación de la Universidad de Chicago demostró que la bebida no es tan “liberadora” como se cree. Tomar disminuye la concentración de la hormona cortisol, liberada por el cuerpo para responder al estrés.

Con menos cortisol, al organismo le lleva más tiempo superar la tensión. “Alcohol y estrés, se retroalimentan mutuamente”, indicaron los investigadores.

Las situaciones estresantes reducen la sensación de placer sentida al tomar, y aumentan el deseo de seguir bebiendo, concluyeron.

“Otro hallazgo fue que el estrés reduce también el efecto de la intoxicación, de forma que las personas toman más cuando están estresadas” , explicó a El País Emma Childs, coautora del estudio.

“Esto explica los peligros de tomar alcohol para aliviar el estrés y por qué está asociado al alcoholismo”, indicó.

Para Childs, lo importante es que las personas piensen por qué toman. Si es por diversión, por desinhibirse o para superar el estrés. Así podrían reconocer patrones dañinos y ver dónde tendrían que enfocar los cambios.

Consumir bajas dosis de alcohol puede alterar el funcionamiento del corazón. Investigadores de la Universidad de Siena probaron el efecto que tiene tomar una pequeña cantidad de alcohol sobre cada uno de los ventrículos, las cámaras del corazón indispensables en la irrigación.

Estudiaron a 64 personas sanas con una edad promedio de 20 años y las separaron en dos grupos. Uno tomó vino y el otro jugo, en cantidades iguales. Quienes consumieron vino vieron modificada la actividad de su corazón. “Descubrimos una depresión aguda en el ventrículo izquierdo y un aumento importante en la función del ventrículo derecho”, expresó Mateo Cameli, cardiólogo y coordinador del estudio.

Investigaciones anteriores demostraron una reducción en la actividad del ventrículo izquierdo después de ingestas moderadas y altas, pero los efectos de dosis bajas no estaban claros.

“Estos hallazgos demuestran la importancia de prestar atención aun a las dosis bajas como una causa social de la toxicidad cardíaca aguda”, consideró.

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