México tiene el mayor número de niños obesos en el mundo

Durante el siglo pasado, la esperanza de vida aumentó tan acusadamente que en el mundo pronto se contarán más personas mayores que niños. Esa transformación social presenta a la vez problemas y oportunidades. La OMS ha elegido el tema “El envejecimiento y la Salud” para el Día Mundial de la Salud de este año, que se celebra hoy. Es una invitación para reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos y a examinar las políticas y las medidas que necesitamos poner en marcha y adelantarnos al envejecimiento de la población, privilegiando ante todo la salud.

En México, entre 1960 y 2009 la población pasó de 34.9 a 107.6 millones de habitantes, con un crecimiento promedio anual superior al 3%. Sin embargo, ese ritmo de crecimiento ha venido disminuyendo en los últimos años, pues entre 1980 y 2000 alcanzó 2%, y apenas 1% entre 2000 y 2009. La reducción del crecimiento se explica principalmente porque desde la década de 1970 se echaron a andar diversas medidas de política pública para disminuir la tasa de natalidad mediante servicios de planificación familiar y, al mismo tiempo, se lograron importantes avances en materia de urbanización y salud pública que también contribuyeron a disminuir la mortalidad infantil.

Por tal motivo, la esperanza de vida en México ha aumentado de manera notable: En 1990 la esperanza de vida para los hombres era de 68 años mientras que para las mujeres de 74 años. Para 2009, en los hombres aumenta a 73 años y a 78 años para las mujeres. El aumento ha sido sustancial en los últimos treinta años. Con esto, la demografía del país también ha cambiado. La población menor de catorce años ha disminuido y como contraparte se ha incrementado la población en edad productiva y los adultos mayores. Entre 1980 y 2009 la población adolescente en México se duplicó en números absolutos.

Otro aspecto que cabe destacar tiene que ver con el patrón de mortalidad. El lugar predominante que ocupaban antes las enfermedades infecto-contagiosas fue sustituido por las enfermedades crónico-degenerativas. En 2008, las enfermedades no transmisibles fueron las principales causas de muerte entre la población, siendo la diabetes mellitus, las enfermedades isquémicas del corazón y las cerebrovasculares las de mayor prevalencia.

Uno de los principales factores de riesgo para este tipo de enfermedades es la obesidad. En 2006, uno de cada tres adolescentes en México presenta sobrepeso u obesidad. En el caso de las mujeres mayores de 20 años, 37.4% tiene sobrepeso y otro 34.5% puede considerarse obesa (para un total de 71.9%). El 42.5% de los hombres mayores de 20 años tiene sobrepeso y otro 24.2% obesidad. Entre la población en general de 20 a 49 años, según las encuestas de salud y nutrición, la prevalencia de sobrepeso y obesidad fue de 69.3%.

Esta altísima prevalencia del exceso de peso en la población mexicana puede considerarse como resultado de cambios recientes en la alimentación y en los estilos de vida. En este sentido, los efectos de la industrialización alimentaria y de la urbanización de la que va acompañada son más que evidentes en la configuración de una doble amenaza: por un lado, la creciente sedentarización, que supone una drástica reducción en la actividad física, y por otro un también creciente consumo de alimentos ricos en energía.

El avance tecnológico ha incidido en la calidad y cantidad de alimentos disponibles. El desarrollo de nuevas formas de procesamiento y almacenamiento ha extendido la disponibilidad de algunos productos alimentarios en tiempo y espacio, lo que significa una oferta más amplia, una mejor distribución e incluso un menor precio.

Por otro lado, hay razones para pensar que los excesos alimentarios constituyen una parte esencial del comportamiento social actual. Y ese comportamiento tiene sus raíces quizá en los últimos cincuenta años, y por supuesto que ha dependido de diversos medios socioculturales. Pero lo cierto es que en general puede hablarse de un ambiente obesogénico derivado de la evolución tecnológica que ha empujado a la sociedad mundial a un desarrollo de abundancia y comodidad, en el que se presentan consumos exacerbados y riesgosos para la salud. Es así que nos encontramos en un entorno que propicia la expansión de la epidemia de la obesidad; la cual puede decirse que es una consecuencia de la vida moderna, con costos sociales y de salud pública de magnitudes incalculables. La obesidad no es responsabilidad individual; es una responsabilidad colectiva, social, pública.

En los últimos treinta años, las tasas de obesidad han aumentado dramáticamente en todo el mundo. Y no extraña que en igual periodo hayan aumentado las enfermedades crónico-degenerativas ya mencionadas. México tiene el muy dudoso honor de contar con el mayor número de niñas y niños obesos y el segundo con obesidad en adultos, siendo las mujeres las que encabezan este último renglón.

Dada la magnitud del problema, tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo, es de suma importancia que se dé mayor apoyo a los científicos de las diversas disciplinas involucradas (química, biología, nutrición, sociología, epidemiología, antropología). Sus estudios deben atender las diferentes dimensiones de la epidemia, deben promoverse investigaciones multi o transdisciplinarias para atender y entender este problema social. Actualmente hay nuevas líneas de investigación que prometen resultados esperanzadores, por ejemplo la línea relativa a la microbiota intestinal. Éste es componente de la obesidad, que participa en las funciones metabólicas, neuroendócrinas e inmunes de un organismo influyendo sobre el peso corporal. Otro ejemplo son las investigaciones en relación con nuevos genes que están involucrados con la saciedad y con la acumulación de la grasa corporal.

Sin embargo, sigue habiendo un descuido en el estudio de los aspectos sociales y culturales del problema general. No sólo genética y biología; también antropología y nutrición.

Por último, el reto es inmenso y abre interrogantes diversas. Por ejemplo, qué papel le corresponde al Estado, qué debe hacer la sociedad, qué debe hacer la industria alimentaria, qué la farmacéutica. Quién financiará las investigaciones, quién podrá meter en cintura todo aquello que ya desde ahora se sabe que es pernicioso y por demás perjudicial. ¿Acaso se impondrá un modelo de atención que privilegie el tratamiento del obeso en lugar de prevenir la obesidad? ¿Será mejor negocio tratar que prevenir? Por lo visto, todavía no acabamos de darnos cuenta cabal de la gravedad del problema que estamos enfrentando y sobre todo el que enfrentarán las nuevas generaciones en unas cuantas décadas.

Juana María Meléndez Torres

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